Blog de opinión, crítica y autoafirmación.

jueves, 4 de marzo de 2021

La Gorgona.









Ascendí por aquella pesadilla en forma de espiral alumbrado únicamente por la luz tenue que la noche conseguía colar por los ventanucos unas pequeñas saeteras sin otro uso que el de dejar respirar al torreón—. La disposición de aquellas claridades intermitentes me empujaba inexorablemente hacia lo más alto; cada vez que la luz quedaba atrás, mi corazón se encogía y mis pasos se aceleraban inconscientemente hasta hallar el refugio de una nueva claridad, una vuelta más arriba. Desde abajo, una gélida humedad emanaba de la más profunda de las oscuridades haciendo imposible un retorno que no fuera un descenso a los mismos infiernos.

Los latidos de mi corazón insistían en negar los principios más básicos de la fisiología, y juro a Dios y a esta cruz que parecían provenir del centro mismo de mi cabeza, como si el rojo músculo se hubiera alojado allí dejando una inmensa cavidad en mitad de mi tórax, en donde ahora resonaban todos los ecos de mis angustias.

Un paso sucedía a otro paso; un latido al anterior. Advertí que, inconscientemente, estos se habían sincronizado con aquellos: artimañas que el cuerpo utiliza para minimizar el gasto de energía, incluso en momentos en los que uno parece haber perdido toda esperanza de sobrevivir al mismo instante.

Ascendí lo admito por la inercia del paso que sigue otro paso, porque la angustia y la ansiedad no dejaban lugar para la reflexión. Subía como el autómata, como el ingenio mecánico, como el juguete al que el niño dio cuerda. Pero de haber podido reflexionar, de haber dispuesto de la voluntad y del ánimo para detenerme y para pensar, nada hubiera cambiado: hubiera seguido avanzando. Los escalones, las claridades y las tinieblas hubieran continuado sucediéndose. Porque atrás lo dije ya quedaba el infierno, un infierno gélido y sin luz; aquí, ahora, la pesadilla; y allá en lo alto..., otro infierno, otra pesadilla quizás; o acaso una respuesta, una luz...,algo.

Tras el agotador ascender, tras la interminable sucesión de luces, de penumbras, de pasos, de escalones retorcidos, de latidos, de vacíos, de angustias; cuando esperaba ya el confort del próximo ventanuco abierto en la piedra, en su lugar topé con la frustración y a la vez con la esperanza que toda puerta cerrada posee de forma inherente, cualidades intrínsecas a su propia naturaleza. (Puerta: muro y a la vez abertura; himen y vagina; final e inicio; todo enhebrado en fibras de madera, dibujando formas longitudinales a lo largo de varios tablones adyacentes).

En el rellano que ponía fin a la escalera por lo más alto no había saetera, ni luz, ni abrigo, ni más alivio que el de poder recobrar el aliento. Sí había, sin embargo, oscuridad, frío, humedad; y esa extraña sensación de que, al detener mis pasos, algo continuaba ascendiendo tras de mí. Algo muy frío, algo muy oscuro, algo que no quería para nada ver ni sentir. Tal era el efecto que la húmeda columna de aire producía en mis sentidos.

Comencé a golpear la puerta acuciado por la angustia y el miedo. Los goznes, oxidados y viejos, no querían ceder. Casi ya podía sentir el frío infernal de los humores etéreos colarse bajo las perneras de mis pantalones y acariciar mi nuca. Golpeé la puerta una vez más y esta, vencida por mis puños y por mi desesperación, comenzó a girar muy lenta, muy pesadamente en torno al eje de sus visagras. Un último empujón consiguió vencer la última resistencia del portón, y entonces un terrible alarido se ahogó en mi garganta al encontrarme frente a mí, desnuda, inmóvil; ajena por completo a mi presencia; estática, incorpórea; a la misma Pilar Rahola mostrándose impúdica con toda su desfachatez.


miércoles, 3 de marzo de 2021

Hágase según arte.

 








Durante la noche selecciono las palabras una a una, sopesándolas igual que haría un farmacéutico con sus drogas.

La frase de Mishima (siguiendo la estela de los antiguos griegos, que las imaginaban aladas) parece otorgar a las palabras el don sagrado de la ligereza. Ligereza como contrario de pesadez. Uno imagina al escritor en una vieja botica oriental tomando pequeñas láminas metálicas con unas pinzas y depositándolas luego sobre el plato de una balanza para compensar el peso de unos vocablos que en su cultura se representan con misteriosos símbolos, unas caligrafías que para el occidental casi funcionan como poemas visuales; mezclándolos luego, según arte, como indicaban a los boticarios las antiguas recetas de los galenos.

La literatura es una ocupación solitaria, para iniciados, una actividad sagrada cuya materia prima es la más liviana entre todas: la palabra, una llama que los ancestros transmitieron a las nuevas generaciones y cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos.

Que las palabras son ligeras lo sabían ya los griegos, aunque en boca de algunas personas (generalmente las que nunca los leyeron) engordan bastante, y en lugar de volar caen directamente de sus bocas, como si se tratase de logolitos.

En un tiempo en que la gente se arroja constantemente estas piedras verbales (incluidos aquellos que más debieran honrarlas por hacer de ellas su profesión) resulta muy reconfortante reposar con nocturnidad en el silencio de un libro de poemas, quizás el género en donde las palabras adquieren una mayor volatilidad.

Hay poemarios ligerísimos, cuyo peso apenas requeriría unas pocas láminas de metal en la balanza de Mishima, y que sin embargo nos elevan con la misma facilidad y a la misma altura que esos vocablos ingrávidos. Esas palabras griegas que cada vez conocen menos y que, por tanto, son cada vez más sagradas.


lunes, 1 de marzo de 2021

Pretextos.


Hay textos que preexisten, simplemente esperan a que un pobre diablo tenga una noche inspirada y los descubra; que les vaya quitando todos los pegotes de inexistencia hasta dejarlos bien pulidos sobre una hoja de papel. A esos pobres diablos los llaman escritores consagrados y les dan premios.

Hay otro tipo de escritores que se dedican a inventarse cosas que no existían antes. Estos suelen ser bastante malos, o por lo menos, prescindibles.

domingo, 28 de febrero de 2021

Algo perfectamente serio.


                                                                                        Un golpe de ataúd en tierra
                                                                                      es algo perfectamente serio.
                                                                                                        (Antonio Machado)

En una ocasión le preguntaron qué muerte le gustaría vivir. Él respondió: «una en mi cama, en una tarde soleada, con las ventanas abiertas sobre la bahía y una dulce brisa del mar haciendo bailar las cortinas; una lúcida agonía escuchando el segundo movimiento del concierto para piano en Sol mayor de Ravel. Una muerte que sobreviniera justo con la última nota. Firmaría un pacto con Mefistófeles en los términos que él deseara».

El enunciado de la pregunta era el correcto: la muerte se vive, no se muere. Es la vida la que se va muriendo, día a día, paso a paso sin darnos cuenta.

Él era un hombre lleno de vida que iba muriéndola en plenitud, dejando cachitos de ella por todas partes, y en los corazones de todos aquellos a los que conoció. A eso muchos lo llaman vivir; otros, morir. Son puntos de vista.

Sentado en la butaca donde despachó tantas lecturas, frente a aquellos mismos ventanales, imaginó muchas veces con deleite esa muerte ideal, mientras contemplaba el mar y recibía su humedad en la cara, acompañada por el aroma de los pinos y de la retama.

Más tarde razonó que en los momentos finales de la agonía, cuando falta el aliento y la enormidad del momento eclipsa todo lo demás, uno no debe estar en condiciones de gozar de la música ni de ningún otro placer humano, y que acaso, ni siquiera la mano del ser más querido apretando la tuya constituya un consuelo.

Así, decidió que le daba igual cómo morir, y que no merecía la pena vender su alma a nadie.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Existir hoy.













 –¿Sabe una cosa, Peciña? Me ha parecido oír que se llama Peciña, ¿verdad?

El hombre del abrigo raído y la mirada turbia (por el alcohol o, acaso, por otras circunstancias que él solo sabe) se confiesa: yo creé a un ser humano, ¿puede creerme?

Peciña observa al hombre sentado junto a él en la barra y espera en silencio a que prosiga su historia, mientras el recuerdo del homúnculo interrumpe su pensamiento de forma fugaz.

Le di existencia en mi percepción, y luego tuve que abandonarlo en el éter de lo que solo es posible pero ya no es viable. La realidad se lo tragó...; vivo.

¿Cómo ocurrió eso?

Las redes. Las malditas redes sociales.

Son un medio propicio para la invención de identidades.

No se trata de eso. Nadie inventó una falsa identidad, y sin embargo yo inventé a esta persona..., o quizás debiera decir que lo percibí de la nada, no lo sé. Toda la culpa fue de una imagen engañosa: la foto de su perfil.

¿Qué ocurrió con esa foto?

Que era pequeña, y la veía mal. Todo es pequeño hoy en día: los artefactos son pequeños, las fotos son pequeñas, la calidad del sonido y de la imagen son pequeñas... Me explico, yo llevaba tiempo interaccionando por las redes con un joven de Teruel. Coincidíamos en muchos de nuestros análisis sobre la actualidad, sobre esta terrible actualidad que nos ha tocado vivir; no más terrible que otras actualidades pretéritas, no me vaya a malinterpretar, pero sin duda una actualidad más cercana, y por tanto más terrible que aquellas que solo existen en el recuerdo; el tiempo tiende a dulcificarlo todo, ya lo sabe. El caso es que, casi sin conversar, sin apenas conocernos, llegamos a establecer ese tipo de relación tan nueva y aún tan poco estudiada, que es la relación en línea, basada en escuetos diálogos escritos, en iconos digitales y en una imagen estática, inmóvil, que es la foto de nuestros perfiles personales. Pero como digo, las fotos de nuestros perfiles eran demasiado pequeñas, y más que ver, intuí su fisionomía. Y la fisionomía que intuí desde el rabillo del ojo mientras escribía escuetos mensajes a lo largo del tiempo acabó tomando una forma, haciéndose un lugar en mi mente. Llegué a conocer a esta persona, su cara acabó siendo tan familiar para mí como pueda ser la de un compañero de trabajo a quien ves todos los días. Y una cara, señor Peciña, porque se llama Peciña, ¿verdad? Una cara no es solo una cara, sino que es una expresión, un manifiesto, una declaración de principios, un pasado, un presente...un alma. Las caras no vienen solas, traen consigo todo eso otro también. Las caras vienen con equipaje, ¿no lo cree?

Peciña asiente.

Pero ¿qué cree que pasó cuando un día hice doble click sobre esa cara para tenerla más cercana, como se quiere tener a un amigo cuando hay que hablar de ciertas cosas personales? Pues ocurrió que la cara era otra muy diferente de la que yo había prefigurado. El gesto era otro. Las facciones eran completamente diferentes de las que había llegado a conocer, a imaginar. Era una cara más redonda, con otra expresión...incluso tenía una barba difuminada donde había yo imaginado una tez lampiña. Todo era diferente. Tenía ante mi a una persona extraña donde antes había existido un rostro familiar.

¿Y eso le preocupa?

¿Que si me preocupa, dice? No, no me preocupa, Peciña. No me preocupa. Me anula. Me consume. Me funde en la nada a mí también. Profundiza mi angustia existencial, porque aquí estamos hablando de existencia, ¿sabe? Y ahora comprendo lo insignificante, lo volátil, lo fugaz que es existir.

Por lo menos existir en la red.

Existir en la red, sí...¿a qué se refiere, Peciña? ¿Se llama Peciña, verdad?

Peciña improvisa.

Me llamo José Ditirambo,.

Alguien que utiliza ese nombre no debería mentir. ¿A qué se refiere, señor Ditirambo?

Me refiero a que la existencia virtual es mucho más insignificante, mucho más volátil, mucho más fugaz que la existencia de carne y hueso. De esta –dice mientras se pellizca la piel de la muñeca– cuesta mucho más liberarse. Esta ocurre en tamaño real.

Le doy la razón. Pero el problema es que aquí ya no hablamos de una existencia virtual. Aquella cara acabó siendo más que una cara, como le decía. Terminó por convertirse en una persona; una idea de persona, pero persona al fin y al cabo. Y algo que ha existido como idea ya no puede dejar de existir.

Eso según la corriente filosófica.

Pero esto es más que filosofía, mucho me temo. ¿No lo entiende? Intentaré explicarme. Como le digo, esa persona que yo imaginé a partir de una imagen y de unos comentarios, de unas opiniones, acabó adoptando también una personalidad, llegué a imaginarle una voz, hasta llegué a oler su colonia y a intuir su forma de vestir. Y si le digo que el problema es más que filosófico es por un hecho indiscutible, la verdad incuestionable de que existe una secuencia de genes, una combinación de nucleótidos que correspondería exactamente a la persona que yo imaginé. Que no conozcamos tal combinación no implica que tal combinación no exista. Si fuera posible conocerla, y si tuviéramos la tecnología para unir esos fragmentos de ADN en un laboratorio, daríamos inevitablemente con la persona que yo conocí en mi imaginación. Y esto, señor Ditirambo, no es filosofía; esto es ciencia. La persona en cuestión ha dejado de estar completamente en el mundo ideal, ya tiene algo de tangible, de material; por lo menos como posibilidad. Las bases nitrogenadas, los glúcidos, los fosfatos, están aquí presentes, entre nosotros. Simplemente están descombinados. Si completáramos el puzle con las piezas que tenemos, esa persona nacería. Si hubiéramos completado el puzle hace treinta o treinta y cinco años, hoy esa persona caminaría entre nosotros.

Peciña mira reflexivo hacia ninguna parte, o quizás solo se fija en el gato chino que gira el brazo en la estantería, propiciando unas fortunas poco visibles junto a las botellas de Veterano y de Ron Negrita.

Por eso, al pensarle, saqué a ese individuo del magma de las ideas y lo hice físicamente posible. Lo dejé a mitad de camino entre dos mundos y a la vez en ninguno. Lo dejé en el limbo. ¿Me comprende ahora, señor Ditirambo?

Peciña parece reflexionar sobre todo esto sin apartar la mirada del gato.

Borges, como Calderón, llegó a comprender que la vida era solo un sueño, aunque ¿sabe una cosa, amigo?, él se preguntaba si se trataba de ser soñado o, por el contrario, era solo un soñarse. Usted parce haber hallado la repuesta. Es posible que ese homúnculo que usted ha soñado le esté rezando ahora mismo, hincado de rodillas, elevándole templos, como a su creador; quizás esté pidiéndole un milagro, o una explicación sobre el misterio de su existencia. Es una lástima que no se la pueda dar ¿no cree? Aunque quizás sea mejor así...

Peciña se levanta y deja un billete sobre la barra, suficiente para pagar su cerveza y las de su interlocutor.

..., porque, francamente, querido y desconocido amigo, no creo que le gustara conocer la verdad.

Peciña se despide y sale del bar, dejando al viejo soñador sumido en sus propias dudas, con sus propios fantasmas..., y pidiendo otra cerveza donde ahogar existencias imaginadas, existencias inviables.