miércoles, 10 de marzo de 2021
Himno homérico
lunes, 8 de marzo de 2021
Esfuerzo inútil.
Me esfuerzo
domingo, 7 de marzo de 2021
La Europa de las peculiaridades.
Imagino que ni al presidente de la SEAT, Wyne Griffiths, ni a sus jefes alemanes pueden sorprender a estas alturas las pataletas de las autoridades catalanas. Uno supone que en Europa (que es de donde nos llega la manduca) están empezando a comprender que a nuestros prohombres vernáculos hay que tratarlos un poco como a ese hermano tonto que hay en las mejores familias, a quien no por estar impedido por la oligofrenia se le quiere menos, y se le disculpa que sorba la sopa, que se hurgue la nariz con el tenedor o que se rasque el sobaco en la mesa, por muy formal que sea el banquete o por muy alta que sea la alcurnia del invitado.
Antiguamente, a esos parientes molestos se los recluía, fuera de la vista del mundo. Hoy, gracias a Dios, están plenamente integrados en la vida social de la familia. Confiamos, pues, que los pollos que montan los estrategas del procés cuando viene el jefe del estado en visita oficial para apoyar a la maltrecha industria local no hagan mucha mella en la poca confianza que los inversores germanos puedan tenernos aún.
Hemos de agradecer las campañas propagandísticas internacionales del nacionalismo catalán postpujolista, que durante muchos años han allanado el camino a nuestros hermanos europeos para comprender y aceptar nuestras peculiaridades, y demuestra mucha prudencia que se hayan tomado todo este tiempo para ir revelándolas. Imaginen por un momento que hubieran decidido soltar de golpe y en un mismo año a todos los freaks en sus nutridas filas: toda la inversión extranjera se hubiera esfumado de un día para otro, y no paulatinamente, como está ocurriendo; una retirada gradual que nos concede el tiempo suficiente para ir asumiendo sin sobresaltos nuestra patética decadencia.
Hace unos quince años, en Inglaterra tuvieron la fortuna de conocer a una de las personas más peculiarmente retrasadas de este peculiar culto sur europeo. Mi amigo Antonio, natural de Lorca (a los efectos, murciano) era a la sazón coordinador de español en el departamento de español y portugués de la universidad de Leeds, y para que los alumnos británicos pudieran comprender mejor la complicada veritas hispanica tuvo la iniciativa de crear una nueva asignatura, “Descentralización Política en España”, la llamó. Y para aquellos que desearan sumergirse un poco más en nuestra pluralidad lingüística y cultural, solicitó un profesor de catalán al Institut Ramón Llull. Qué podía salir mal, pensarán hoy algunos.
Y en eso llegó E.
No les voy a aburrir con todas las majaderías que esta moza alicantina protagonizó durante su actividad allá, pero les detallaré, a modo de ejemplo su presentación oficial en la universidad.
Acudieron al acto John, el jefe del departamento, quien hablaba nuestra lengua con deje mejicano por haberla aprendido allí; David, un escocés quien, a parte de dominar el español, podía hablar el portugués (que era su especialidad) con acento peninsular y con acento brasileño, y también Stuart, un tipo joven y brillante, gran especialista en el cine español, sobre el que lo conocía todo. (Cuando años más tarde nació mi hija y le dije que se llamaba Blanca, él me dijo: ¡ah, como Blanca Marsillach!)
Delante de todos estos señores, de las autoridades de la universidad y de Antonio, el responsable de su presencia allí, E. sacó su Powerpoint y empezó a deleitar a la concurrencia con las maravillas que a continuación se detallan y otras más que, afortunadamente, he olvidado:
Apareció en pantalla lo que parecía el mapa de la antigua corona de Aragón (aunque sin Aragón, tierra tercamente empeñada hablar castellano), y dijo con orgullo: “this is my Country, Cataluña”. Primeras toses entre el público.
Sin darles tiempo para recuperarse del primer impacto, apretó el pulsador en su mano y apareció en la pantalla de aquella sala noble en el Parkinson Building una bonita y colorida senyera estelada, cuyo significado explicó a continuación: “this is our flag”. Antonio aguantaba el tipo heroicamente en la primera fila.
Tras unas cuantas diapositivas más, propias de un trabajo de educación secundaria, lució ante la audiencia una redondísima y suculenta paella, plato muy celebrado por los británicos que visitan nuestras playas en el estío, y cómo no, E. explicó que eso era parte de “our gastronomy”. Este punto era especialmente sensible para la joven alicantina, por esa falsa identificación de la paella (tanto fuera de nuestras fronteras como dentro de ellas) como un plato típicamente español.
Tras semejante arranque pueden imaginar el resto del curso. Cuando terminaba mi jornada laboral y nos reuníamos todos en el Eldon, uno de los pubs que rodean la universidad, no tardaban más de dos pintas en salir los chascarrillos sobre E. “¿Qué ha hecho ahora, qué ha hecho ahora?”, preguntaba yo con curiosidad. “¡No te lo vas a imaginar!”, solían contestar.
E. nos proporcionó muchas risas en aquel añorado pub en donde mi mujer y yo pasamos tan gratos momentos con nuestros amigos.
Pero eso era en el norte, en el viejo condado de Yorkshire. A la capital acudía gente más preparada.
Una amiga que trabajaba en la London School of Economics conocía al responsable de la embajada catalana en Londres, un joven ambicioso que, como pueden imaginar, disponía de mucho tiempo libre. Me contaba que asistió a un acto donde invitaron al presidente de las juventudes de Esquerra Republicana a dar una charla. El chico, muy digno, se presentó a su audiencia diciendo: “Hello, my name is X, and I am the president of the JERC”.
Y a lo largo de los minutos que siguieron la concurrencia pudo comprobar que lo que decía era completamente cierto.
jueves, 4 de marzo de 2021
La Gorgona.
Ascendí por aquella pesadilla en forma de espiral alumbrado únicamente por la luz tenue que la noche conseguía colar por los ventanucos —unas pequeñas saeteras sin otro uso que el de dejar respirar al torreón—. La disposición de aquellas claridades intermitentes me empujaba inexorablemente hacia lo más alto; cada vez que la luz quedaba atrás, mi corazón se encogía y mis pasos se aceleraban inconscientemente hasta hallar el refugio de una nueva claridad, una vuelta más arriba. Desde abajo, una gélida humedad emanaba de la más profunda de las oscuridades haciendo imposible un retorno que no fuera un descenso a los mismos infiernos.
Los latidos de mi corazón insistían en negar los principios más básicos de la fisiología, y juro a Dios y a esta cruz que parecían provenir del centro mismo de mi cabeza, como si el rojo músculo se hubiera alojado allí dejando una inmensa cavidad en mitad de mi tórax, en donde ahora resonaban todos los ecos de mis angustias.
Un paso sucedía a otro paso; un latido al anterior. Advertí que, inconscientemente, estos se habían sincronizado con aquellos: artimañas que el cuerpo utiliza para minimizar el gasto de energía, incluso en momentos en los que uno parece haber perdido toda esperanza de sobrevivir al mismo instante.
Ascendí —lo admito— por la inercia del paso que sigue otro paso, porque la angustia y la ansiedad no dejaban lugar para la reflexión. Subía como el autómata, como el ingenio mecánico, como el juguete al que el niño dio cuerda. Pero de haber podido reflexionar, de haber dispuesto de la voluntad y del ánimo para detenerme y para pensar, nada hubiera cambiado: hubiera seguido avanzando. Los escalones, las claridades y las tinieblas hubieran continuado sucediéndose. Porque atrás —lo dije ya— quedaba el infierno, un infierno gélido y sin luz; aquí, ahora, la pesadilla; y allá en lo alto..., otro infierno, otra pesadilla quizás; o acaso una respuesta, una luz...,algo.
Tras el agotador ascender, tras la interminable sucesión de luces, de penumbras, de pasos, de escalones retorcidos, de latidos, de vacíos, de angustias; cuando esperaba ya el confort del próximo ventanuco abierto en la piedra, en su lugar topé con la frustración y a la vez con la esperanza que toda puerta cerrada posee de forma inherente, cualidades intrínsecas a su propia naturaleza. (Puerta: muro y a la vez abertura; himen y vagina; final e inicio; todo enhebrado en fibras de madera, dibujando formas longitudinales a lo largo de varios tablones adyacentes).
En el rellano que ponía fin a la escalera por lo más alto no había saetera, ni luz, ni abrigo, ni más alivio que el de poder recobrar el aliento. Sí había, sin embargo, oscuridad, frío, humedad; y esa extraña sensación de que, al detener mis pasos, algo continuaba ascendiendo tras de mí. Algo muy frío, algo muy oscuro, algo que no quería para nada ver ni sentir. Tal era el efecto que la húmeda columna de aire producía en mis sentidos.
Comencé a golpear la puerta acuciado por la angustia y el miedo. Los goznes, oxidados y viejos, no querían ceder. Casi ya podía sentir el frío infernal de los humores etéreos colarse bajo las perneras de mis pantalones y acariciar mi nuca. Golpeé la puerta una vez más y esta, vencida por mis puños y por mi desesperación, comenzó a girar muy lenta, muy pesadamente en torno al eje de sus visagras. Un último empujón consiguió vencer la última resistencia del portón, y entonces un terrible alarido se ahogó en mi garganta al encontrarme frente a mí, desnuda, inmóvil; ajena por completo a mi presencia; estática, incorpórea; a la misma Pilar Rahola mostrándose impúdica con toda su desfachatez.
miércoles, 3 de marzo de 2021
Hágase según arte.
Durante la noche selecciono las palabras una a una, sopesándolas igual que haría un farmacéutico con sus drogas.
La frase de Mishima (siguiendo la estela de los antiguos griegos, que las imaginaban aladas) parece otorgar a las palabras el don sagrado de la ligereza. Ligereza como contrario de pesadez. Uno imagina al escritor en una vieja botica oriental tomando pequeñas láminas metálicas con unas pinzas y depositándolas luego sobre el plato de una balanza para compensar el peso de unos vocablos que en su cultura se representan con misteriosos símbolos, unas caligrafías que para el occidental casi funcionan como poemas visuales; mezclándolos luego, según arte, como indicaban a los boticarios las antiguas recetas de los galenos.
La literatura es una ocupación solitaria, para iniciados, una actividad sagrada cuya materia prima es la más liviana entre todas: la palabra, una llama que los ancestros transmitieron a las nuevas generaciones y cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos.
Que las palabras son ligeras lo sabían ya los griegos, aunque en boca de algunas personas (generalmente las que nunca los leyeron) engordan bastante, y en lugar de volar caen directamente de sus bocas, como si se tratase de logolitos.
En un tiempo en que la gente se arroja constantemente estas piedras verbales (incluidos aquellos que más debieran honrarlas por hacer de ellas su profesión) resulta muy reconfortante reposar con nocturnidad en el silencio de un libro de poemas, quizás el género en donde las palabras adquieren una mayor volatilidad.
Hay poemarios ligerísimos, cuyo peso apenas requeriría unas pocas láminas de metal en la balanza de Mishima, y que sin embargo nos elevan con la misma facilidad y a la misma altura que esos vocablos ingrávidos. Esas palabras griegas que cada vez conocen menos y que, por tanto, son cada vez más sagradas.
lunes, 1 de marzo de 2021
Pretextos.
Hay otro tipo de escritores que se dedican a inventarse cosas que no existían antes. Estos suelen ser bastante malos, o por lo menos, prescindibles.
domingo, 28 de febrero de 2021
Algo perfectamente serio.
El enunciado de la pregunta era el correcto: la muerte se vive, no se muere. Es la vida la que se va muriendo, día a día, paso a paso sin darnos cuenta.
Él era un hombre lleno de vida que iba muriéndola en plenitud, dejando cachitos de ella por todas partes, y en los corazones de todos aquellos a los que conoció. A eso muchos lo llaman vivir; otros, morir. Son puntos de vista.
Sentado en la butaca donde despachó tantas lecturas, frente a aquellos mismos ventanales, imaginó muchas veces con deleite esa muerte ideal, mientras contemplaba el mar y recibía su humedad en la cara, acompañada por el aroma de los pinos y de la retama.
Más tarde razonó que en los momentos finales de la agonía, cuando falta el aliento y la enormidad del momento eclipsa todo lo demás, uno no debe estar en condiciones de gozar de la música ni de ningún otro placer humano, y que acaso, ni siquiera la mano del ser más querido apretando la tuya constituya un consuelo.
Así, decidió que le daba igual cómo morir, y que no merecía la pena vender su alma a nadie.





