Lunas
viejas que se llenan en el horizonte
para
luego desinflarse poco a poco,
acaso
propulsadas por un pinchazo
que,
con parsimonia, las vacía.
Lunas
viejas y amarillas, colgadas en la noche
justo
por encima de los montes, cuyos picos
—por
ventura, afilados— rasgan la tez de Selene
y
la mandan para arriba.
Selene
amarilla se vacía como un globo y se desata
y
se pierde en las alturas de la noche
como
un pequeño espejo sin bruñir
que
creímos de oro
pero
vemos que es de plata.

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