–¿Sabe
una cosa, Peciña? Me ha parecido oír que se llama Peciña, ¿verdad?
El
hombre del abrigo raído y la mirada turbia (por el alcohol o, acaso,
por otras circunstancias que él solo sabe) se confiesa: yo creé a
un ser humano, ¿puede creerme?
Peciña
observa al hombre sentado junto a él en la barra y espera en
silencio a que prosiga su historia, mientras el recuerdo del
homúnculo interrumpe su pensamiento de forma fugaz.
–Le
di existencia en mi percepción, y luego tuve que abandonarlo en el
éter de lo que solo es posible pero ya no es viable. La realidad se
lo tragó...; vivo.
–¿Cómo
ocurrió eso?
–Las
redes. Las malditas redes sociales.
–Son
un medio propicio para la invención de identidades.
–No se trata de eso. Nadie inventó una falsa identidad, y sin embargo yo
inventé a esta persona..., o quizás debiera decir que lo percibí
de la nada, no lo sé. Toda la culpa fue de una imagen engañosa: la
foto de su perfil.
–¿Qué
ocurrió con esa foto?
–Que
era pequeña, y la veía mal. Todo es pequeño hoy en día: los
artefactos son pequeños, las fotos son pequeñas, la calidad del
sonido y de la imagen son pequeñas... Me explico, yo llevaba tiempo
interaccionando por las redes con un joven de Teruel. Coincidíamos en muchos de nuestros análisis sobre la
actualidad, sobre esta terrible actualidad que nos ha tocado vivir;
no más terrible que otras actualidades pretéritas, no me vaya a
malinterpretar, pero sin duda una actualidad más cercana, y por
tanto más terrible que aquellas que solo existen en el recuerdo; el
tiempo tiende a dulcificarlo todo, ya lo sabe. El caso es que, casi
sin conversar, sin apenas conocernos, llegamos a establecer ese tipo
de relación tan nueva y aún tan poco estudiada, que es la relación
en línea, basada en escuetos diálogos escritos, en iconos digitales
y en una imagen estática, inmóvil, que es la foto de nuestros
perfiles personales. Pero como digo, las fotos de nuestros perfiles
eran demasiado pequeñas, y más que ver, intuí su fisionomía. Y la
fisionomía que intuí desde el rabillo del ojo mientras escribía
escuetos mensajes a lo largo del tiempo acabó tomando una forma,
haciéndose un lugar en mi mente. Llegué a conocer a esta
persona, su cara acabó siendo tan familiar para mí como pueda ser
la de un compañero de trabajo a quien ves todos los días. Y una
cara, señor Peciña, porque se llama Peciña, ¿verdad? Una cara no
es solo una cara, sino que es una expresión, un manifiesto, una
declaración de principios, un pasado, un presente...un alma. Las
caras no vienen solas, traen consigo todo eso otro también. Las
caras vienen con equipaje, ¿no lo cree?
Peciña
asiente.
–Pero ¿qué cree que pasó cuando un día hice doble click sobre esa
cara para tenerla más cercana, como se quiere tener a un amigo
cuando hay que hablar de ciertas cosas personales? Pues ocurrió que
la cara era otra muy diferente de la que yo había prefigurado. El
gesto era otro. Las facciones eran completamente diferentes de las
que había llegado a conocer, a imaginar. Era una cara más redonda,
con otra expresión...incluso tenía una barba difuminada donde había
yo imaginado una tez lampiña. Todo era diferente. Tenía ante mi a
una persona extraña donde antes había existido un rostro familiar.
–¿Y
eso le preocupa?
–¿Que
si me preocupa, dice? No, no me preocupa, Peciña. No me preocupa. Me
anula. Me consume. Me funde en la nada a mí también. Profundiza
mi angustia existencial, porque aquí estamos hablando de existencia,
¿sabe? Y ahora comprendo lo insignificante, lo volátil, lo fugaz
que es existir.
–Por
lo menos existir en la red.
–Existir
en la red, sí...¿a qué se refiere, Peciña? ¿Se llama Peciña,
verdad?
Peciña
improvisa.
–Me
llamo José Ditirambo,.
–Alguien
que utiliza ese nombre no debería mentir. ¿A qué se refiere, señor
Ditirambo?
–Me
refiero a que la existencia virtual es mucho más insignificante,
mucho más volátil, mucho más fugaz que la existencia de carne y
hueso. De esta –dice mientras se pellizca la piel de la muñeca–
cuesta mucho más liberarse. Esta ocurre en tamaño real.
–Le
doy la razón. Pero el problema es que aquí ya no hablamos de una
existencia virtual. Aquella cara acabó siendo más que una cara,
como le decía. Terminó por convertirse en una persona; una idea de
persona, pero persona al fin y al cabo. Y algo que ha existido como
idea ya no puede dejar de existir.
–Eso
según la corriente filosófica.
–Pero
esto es
más que filosofía, mucho me temo. ¿No lo entiende? Intentaré
explicarme. Como le digo, esa persona que yo imaginé a partir de una
imagen y de unos comentarios, de unas opiniones, acabó adoptando
también una personalidad, llegué a imaginarle una voz, hasta llegué
a oler su colonia y a intuir su forma de vestir. Y si le digo que el
problema es más que filosófico es por un hecho indiscutible, la
verdad incuestionable de que existe una secuencia de genes, una
combinación de nucleótidos que correspondería exactamente a la
persona que yo imaginé. Que no conozcamos tal combinación no implica
que tal combinación no exista. Si fuera posible conocerla, y si
tuviéramos la tecnología para unir esos fragmentos de ADN en un
laboratorio, daríamos inevitablemente con la persona que yo conocí
en mi imaginación. Y esto, señor Ditirambo, no es filosofía; esto
es ciencia. La persona en cuestión ha dejado de estar completamente
en el mundo ideal, ya tiene algo de tangible, de material; por lo
menos como posibilidad. Las bases nitrogenadas, los glúcidos, los
fosfatos, están aquí presentes, entre nosotros. Simplemente están
descombinados. Si completáramos el puzle con las piezas que tenemos,
esa persona nacería. Si hubiéramos completado el puzle hace treinta
o treinta y cinco años, hoy esa persona caminaría entre nosotros.
Peciña
mira reflexivo hacia ninguna parte, o quizás solo se fija en el gato
chino que gira el brazo en la estantería, propiciando unas fortunas poco visibles junto a las botellas de
Veterano y de Ron Negrita.
–Por
eso, al pensarle, saqué a ese individuo del magma de las ideas y lo
hice físicamente posible. Lo dejé a mitad de camino entre dos
mundos y a la vez en ninguno. Lo dejé en el limbo. ¿Me comprende
ahora, señor Ditirambo?
Peciña
parece reflexionar sobre todo esto sin apartar la mirada del gato.
–Borges,
como Calderón, llegó a comprender que la vida era solo un sueño,
aunque ¿sabe una cosa, amigo?, él se preguntaba si se trataba de ser soñado o, por el contrario, era solo un soñarse. Usted parce
haber hallado la repuesta. Es posible que ese homúnculo que usted ha soñado
le esté rezando ahora mismo, hincado de rodillas, elevándole
templos, como a su creador; quizás esté pidiéndole un milagro, o una explicación sobre el misterio de su existencia. Es una lástima que no se
la pueda dar ¿no cree? Aunque quizás sea mejor así...
Peciña
se levanta y deja un billete sobre la barra, suficiente para pagar su
cerveza y las de su interlocutor.
–...,
porque, francamente, querido y desconocido amigo, no creo que le
gustara conocer la verdad.
Peciña
se despide y sale del bar, dejando al viejo soñador sumido en sus
propias dudas, con sus propios fantasmas..., y pidiendo otra cerveza
donde ahogar existencias imaginadas, existencias inviables.